Morante rompe las barreras de Sevilla y corta un rabo, después de 52 años sin que un torero lo haga. Se me saltaron las lágrimas abrazando a mis amigos con los que tantas tardes de Morante he compartido, y acabé abrazando a desconocidos del tendido 3. Entonces me acorde de la chirigota del Selu y su profecía de los “Amaya” de que se iba a acabar el mundo esa semana: “Con la de años que lleva aquí el mundo y me va a tocar a mí”, decía. Pues en eso pensé, en lo tremendamente afortunados que hemos sido de presenciar y emocionarnos con la tarde de hoy. Ni en mis mejores sueños me daba posibilidad alguna de ver cortar un rabo a Morante en Sevilla, pues nada, nos ha tocado vivirlo junto a una plaza completamente entregada y feliz.
Morante recibió a su primero con una docena, una docena, de verónicas a cada cual más ceñida y más larga, levantando la primera gran ovación. El toro se quedó muy mermado después de una violenta voltereta que dejó hasta un socavón en la arena, y aunque lo intentó con gusto y torería, la cosa no acabó de despuntar. Pero se veía al torero dispuesto y al público con él, quizás en desagravio por lo del lunes. Incluso quitó por chicuelinas el toro de Ortega. Pero la apoteosis llegó en el cuarto. Lo recibió con dos faroles arriesgadísimos pegado a tablas, lo toreó de capa para ponerle un piso, quitó por tafalleras muy artísticas pasándose al toro por la faja muy despacio y muy largo, media docena de veces, incluso replicando el quite de Urdiales. La faena fue de ensueño, destacó por lo cerca que se pasó al toro en todos y cada uno de los pases que la compusieron y por la armonía de todo el conjunto. El toro era noble y fijo, pero tampoco era que embistiera con emoción, toda la emoción la puso Morante, media faena la hemos visto en pie. Se tiró a matar muy despacio y se pidieron las dos orejas y el rabo de forma muy mayoritaria. Yo, desde luego lo pedí, así que si creen ustedes que me he pasado al sector triunfalista después de criticarlo tanto, están equivocados, la faena era histórica y lo demuestra la cantidad de personas que se tiraron después al ruedo para sacarlo a hombros. No dos tristes capitalistas, doscientas personas.
Urdiales ha tenido un lote difícil. Al primero no lo atacó en las primeras tandas y acabó descompuesto, rajado e incierto, y después para matarlo, manso de oleadas. Después de lo de Morante resolvió la papeleta con dignidad, la de torear después del milagro y la de un toro incierto y molesto. La estocada ya valía la oreja que le pidieron sin mucha convicción.
Lo de Juan Ortega con la capa es un prodigio. Hace embestir a los toros a cámara lenta mientras compone una armonía que entra por los ojos recordando las fotos en sepia de Curro Puya. La faena a su primero a los sones de “Manolete” suponemos que en homenaje al vestido que decían de su inspiración, no llegó a los niveles de la de capa. Con el último no llegó a entenderse.
La foto de Morante con las orejas y el rabo en las manos quedará para la historia. Dentro de una semana, además de los que hemos tenido el privilegio de verlo, otros 40.000 contarán que también estuvieron allí, y dentro de un mes serán 100.000. Me alegro por todos ellos. A Morante lo sacó a hombros una multitud de aficionados, partidarios, amigos y familiares. El pueblo a sus pies.